Discordia.

Discordiam mundi imperaUn desacuerdo no es una discusión. Una discusión no es una pelea. La diferencia puede ser evidente o sutil, dependiendo del volumen o intensidad del conflicto, pero es importante no dejarlo escalar. Cuando dos personas (o, para elevar el nivel de dificultad, grupos) no pueden llegar a un acuerdo común sobre un asunto, la civilidad debe regir cada palabra, acción y gesto que arguya la postura de cualquier lado. No escribo esto por ser una autoridad en el correcto manejo del debate, ni por ser la persona mas gentil o con más correcta dicción. Soy malhumorado y me indigna que me contradigan. Pero reconozco la diferencia de gravedad de entre los tipos de desacuerdos. Al discutir, lo que es prácticamente mi pasatiempo favorito, debemos procurar tener en cuenta la importancia del tema en cuestión. Se debe hacer lo posible por no molestarnos cuando la opinión de nuestro interlocutor no coincida con la nuestra, en especial cuando el tema sea relativamente nimio (aunque ningún tema jamás lo es).
Hace poco tuve una discusión sobre la moralidad del aborto. Las opiniones de las partes involucradas fueron tan variadas como apasionadas. La conversación se volvió acalorada y terminó en pelea. Escaló. Las sensibilidades de los participantes y la naturaleza delicada del tema abrumó los humores.
Hay (habemos) personas carentes de la habilidad de entablar una discusión sin dejar que nuestros sentimientos entorpezcan nuestras opiniones, incapaces de separar una diferencia de opinión de un ataque personal. Hay una diferencia entre una opinión apasionada, una discusión acalorada y llegar a un verdadero conflicto, a una pelea, por diferir en cuanto a un tema. La mera aparición del mal humor me parecería exagerada.
Mi causa favorita es la armonía. No hay conversación que valga la pena tenerse si debe tenerse sobre gritos y sombrerazos. Y ninguna fructifica cuando las partes involucradas prefieren defenderse de ataques arróneamente percibidos que de argumenos bien perpetrados.

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