Una menos..!

Aún antes de nacer, Mónica fué una desilusión. Sus padres no esperaban otro hijo, y, al ser informados del embarazo, supusieron que el menor de los males sería tener un segundo varón.
Mónica nació, y eso, a duras penas. Escasa en meses y baja en peso, su supervivencia fue casi una sorpresa. Sus padres finjieron alivio y hasta felicidad.
Durante sus primeros años, Mónica se mostró curiosa y vivaz. Sus amistades fueron pocas, pero constantes. Era una criatura visceral, de llanto y risa fáciles. La música la llenaba de una calma y una paz que nunca había sentido ni sentiría en su vida.
Su hermano mayor, quien la amaba por sobre todo, le regaló sus primeros instrumentos musicales. Primero, claro, una guitarra. Mas tarde, una batería. Su padre odió este último regalo. Porqué no podía ella, por lo menos, no hacer ruido? El talento de Mónica fué tan solo otro desaire.
Mónica nunca tuvo un novio. Le llamaban la atención los chicos y ella ciertamente les llamaba la atención. Pero, a pesar de sus agradables formas, de los pigmentos poco comunes de sus ojos y sus cabellos, jamás pudo dejar de ser un bicho raro. El contacto humano le resultó demasiado complicado. Demasiado tormentoso. Mónica era de gustos simples. Quería ser complacida y complacer a quién lo hiciera. Pero la simpleza de sus objetivos solo le produjo mala fama.
Sin darle demasiada importancia, se refugió en su música. Ya para entonces, era reconocida en ese ámbito.
Tenía diecinueve años cuando su madre le dijo que la odiaba. Que siempre la había odiado. El mismo cuento de siempre: le había robado su belleza; le había robado su figura; deseaba que nunca hubiera nacido.
Esa noche, Mónica la pasó en la calle. Caminó y caminó, hasta cansarse. En la madrugada hizo amigos con los indigentes y borrachos, quienes le sugirieron volver a su casa.
Una casa, le dijeron, no se desprecia, así esté llena de dolor.
Mónica volvió a su casa por la mañana. Sus padres no le pusieron atención. Lloró en el hombro de su hermano, a medias despierto y este la consoló en la manera torpe en que los hermanos mayores consolamos a nuestras hermanas.
Cual era su culpa? Qué era aquello tan terrible que había hecho ella para ganarse el desprecio de su padre y el odio de su madre? Por qué todos pensamos, antes que nada, en culparnos?
Su hermano le dijo que, a veces, las cosas, sencillamente, son. Para él, esa sencilla explicación siempre había sido suficiente, pero Mónica no pudo conformarse con ella.
Mónica pasó casi seis meses sin hablar más que lo absolutamente indispensable con sus padres. Ellos la evitaban, como siempre lo habían hecho y ella los evitaba, como ellos siempre habían querido. Mónica empezó a coleccionar cicatrices en sus muñecas y en sus muslos. Sus amigos intentaban darle aliento y presentarle opciones y posibilidades. Mónica cerraba los ojos y tocaba. O se cortaba. A veces escribía canciones que nadie leería.
Mónica tenía casi veinte años cuando tomó la decisión. Pasó un par de días eligiendo el método que usaría y, finalmente, se decidió por el que ya conocía y practicaba. Salió a caminar en la noche. Volvió en la madrugada. Despertó a su hermano y lloró en su hombro. Le preguntó el porqué de las cosas y él le dio la misma respuesta estúpida e inevitable. Entró al baño. Se abrió las venas con una navaja de rasurar. Se sentó en el inodoro a esperar. Sangró.
No tengo idea de cuales habrán sido sus últimos pensamientos. Me la imagino sentada, sonriendo porque, cada vez que yo la vi, ella estaba sonriendo, posiblemente, tarareando una canción mientras los ojos se le llenaban de sueño, porque eso era lo que ella hacía cuando se estaba quedando dormida. No me imagino lo que pasaba por la mente en el momento en el que una persona decide matarse.
Su hermano no lloró. No sé cual habrá sido su reacción ante la muerte de su hermana pero, al menos en mi presencia, no lo vi llorar. Sus padres lloraron mucho. No sé qué tan real habrá sido su dolor.
No fui a velar a Mónica. Le tengo fobia a los funerales. Por lo que tengo entendido, no mucha gente fue. El único cariño constante en la vida de Mónica fue su hermano.

Esta historia no tiene moraleja. No hay nada que aprender de la corta vida de Mónica. Nada de lo arriba narrado repercutirá en la vida de quienes lo lean, como no lo hizo en las vidas de quienes la conocimos. Lo único que se puede deducir de ésto es que la vida es caótica y azarosa. El universo es injusto y no existe el equilibrio. Hay cosas terribles que le ocurren a personas buenas y hay gente -en el más generoso sentido de la palabra- horrorosa cuyas nefastas acciones jamás son ajusticiadas. No nos queda, a los que quedamos, más opción que esperar lo mejor, preparándonos para lo peor y sabiendo que nuestra esperanza bien puede ser en vano.

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