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El Idiota.

le idiot like a bossAntes de que el mundo acabara con él, el Idiota solía ser un idealista apasionado. Sus creencias eran simples, con líneas claras que separaban el bien del mal. Amaba a su prójimo y se afanaba en que éste hallara formas de mejorarse. Amaba y escribía canciones. Disuadía al suicida y animaba al decaído. Y durante un tiempo, todo eso estuvo bien.
Crecer fue muy difícil para el Idiota. No en el sentido de que, de haberle preguntado, él se hubiera quejado de su hogar, su entorno o sus vecinos. Tampoco por haber recibido abusos o tormentos, físicos, emocionales o de otro tipo. No, la dificultad para él siempre fue de un tipo más autoinflingido.
El Idiota temía al cambio. Podía lidiar con el tipo lento y gradual, pero la transformación pronta y no anunciada siempre le parecía traumática. Su primera vez para cualquier cosa siempre fue intempestiva. Y la culminación de todo asunto en su vida le resultaba invariablemente catastrófica.
Imperceptiblemente, todos estos cambios causaron en él uno mayor. Comenzó a ver las cosas de una forma distinta. No porque las cosas fueran diferentes, desde luego. El que había cambiado era él. Ante sus ojos aparecieron, en un infinito y sobrecogedor espectro, los tonos de gris.
Durante algún tiempo, se encolerizaba consigo mismo. “Porque a los tibios”, decía el Idiota, “los vomitaré de mi boca”. Pero jamás logró dar marcha atrás. Por mucho que temiera o aborreciera al cambio, no podía rehusarlo.
Ahora veía la inevitabilidad del cambio de las estaciones. El bien mayor logrado con la muerte de un hombre bueno, logró justificarlo. La rotunda insignificancia de una amistad perdida, de un corazón roto o de una confianza traicionada se volvió evidente en el enorme esquema cósmico y el Loco dejó de flagelarse por cosas que en otro tiempo le hubiera hecho clamar por sangre.
Aún hoy, el Idiota quisiera –y, en veces, sigue teniendo– pasión en su vida. Posiblemente, sea una necesidad. Pero la falta de ella, él ya no la percibe como un mal insoportable. Para él es solo un leve efecto secundario de otra cosa. El Idiota de antaño –el idealista, el apasionado– ha muerto de vergüenza.