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[Sin título]

Estática.
Todo es estática. Cada sonido en un zumbido, ruido blanco que ahoga cualquier significado en lo que pueda escuchar. Intento agudizar mi oído, pero solo sé que le gente me habla porque veo sus labios moverse frenéticamente, impacientes y molestos porque no entiendo lo que dicen.

Mis ojos son incapaces de enfocar; hay una niebla, densa y pesada, justo encima de mis párpados. La puedo sentir, como si fuera una presencia física que intentara cerrar mis ojos. Tengo sueño todo el tiempo. No hay mayor placer que cerrar los ojos, aunque sea por un momento. Las cosas y la gente pasan a mi alrededor, pero son solo sombras que tengo que descifrar para reconocer.

Todo es gris y borroso, como una tele descompuesta. Mis sentidos se han entorpecido al punto en el que, sin un esfuerzo consciente, todo puede pasarme de largo sin que me percate, como cuando alguien lee un libro y002 llega al final de la página y se da cuenta de no haber entendido nada.

Todo discurso es la mera enunciación de palabras y he descubierto que puedo hacerlo de manera automática, de forma que no necesito poner atención en lo que yo mismo digo, mucho menos en lo que dicen mis interlocutores. Soy una colección de frases preprogramadas que puedo insertar en una conversación, juzgando solamente por el tono con el que me hablan. “Claro”, “Ah, si?”, “Bueno”, “Luego vemos”.Quiero salir de esta niebla. Quiero volver a ver el sol. Necesito abrasarme en sus rayos y sudar y cansarme y perder el aliento. Tengo que ajustarme y afinar mi percepción.

Una menos..!

Aún antes de nacer, Mónica fué una desilusión. Sus padres no esperaban otro hijo, y, al ser informados del embarazo, supusieron que el menor de los males sería tener un segundo varón.
Mónica nació, y eso, a duras penas. Escasa en meses y baja en peso, su supervivencia fue casi una sorpresa. Sus padres finjieron alivio y hasta felicidad.
Durante sus primeros años, Mónica se mostró curiosa y vivaz. Sus amistades fueron pocas, pero constantes. Era una criatura visceral, de llanto y risa fáciles. La música la llenaba de una calma y una paz que nunca había sentido ni sentiría en su vida.
Su hermano mayor, quien la amaba por sobre todo, le regaló sus primeros instrumentos musicales. Primero, claro, una guitarra. Mas tarde, una batería. Su padre odió este último regalo. Porqué no podía ella, por lo menos, no hacer ruido? El talento de Mónica fué tan solo otro desaire.
Mónica nunca tuvo un novio. Le llamaban la atención los chicos y ella ciertamente les llamaba la atención. Pero, a pesar de sus agradables formas, de los pigmentos poco comunes de sus ojos y sus cabellos, jamás pudo dejar de ser un bicho raro. El contacto humano le resultó demasiado complicado. Demasiado tormentoso. Mónica era de gustos simples. Quería ser complacida y complacer a quién lo hiciera. Pero la simpleza de sus objetivos solo le produjo mala fama.
Sin darle demasiada importancia, se refugió en su música. Ya para entonces, era reconocida en ese ámbito.
Tenía diecinueve años cuando su madre le dijo que la odiaba. Que siempre la había odiado. El mismo cuento de siempre: le había robado su belleza; le había robado su figura; deseaba que nunca hubiera nacido.
Esa noche, Mónica la pasó en la calle. Caminó y caminó, hasta cansarse. En la madrugada hizo amigos con los indigentes y borrachos, quienes le sugirieron volver a su casa.
Una casa, le dijeron, no se desprecia, así esté llena de dolor.
Mónica volvió a su casa por la mañana. Sus padres no le pusieron atención. Lloró en el hombro de su hermano, a medias despierto y este la consoló en la manera torpe en que los hermanos mayores consolamos a nuestras hermanas.
Cual era su culpa? Qué era aquello tan terrible que había hecho ella para ganarse el desprecio de su padre y el odio de su madre? Por qué todos pensamos, antes que nada, en culparnos?
Su hermano le dijo que, a veces, las cosas, sencillamente, son. Para él, esa sencilla explicación siempre había sido suficiente, pero Mónica no pudo conformarse con ella.
Mónica pasó casi seis meses sin hablar más que lo absolutamente indispensable con sus padres. Ellos la evitaban, como siempre lo habían hecho y ella los evitaba, como ellos siempre habían querido. Mónica empezó a coleccionar cicatrices en sus muñecas y en sus muslos. Sus amigos intentaban darle aliento y presentarle opciones y posibilidades. Mónica cerraba los ojos y tocaba. O se cortaba. A veces escribía canciones que nadie leería.
Mónica tenía casi veinte años cuando tomó la decisión. Pasó un par de días eligiendo el método que usaría y, finalmente, se decidió por el que ya conocía y practicaba. Salió a caminar en la noche. Volvió en la madrugada. Despertó a su hermano y lloró en su hombro. Le preguntó el porqué de las cosas y él le dio la misma respuesta estúpida e inevitable. Entró al baño. Se abrió las venas con una navaja de rasurar. Se sentó en el inodoro a esperar. Sangró.
No tengo idea de cuales habrán sido sus últimos pensamientos. Me la imagino sentada, sonriendo porque, cada vez que yo la vi, ella estaba sonriendo, posiblemente, tarareando una canción mientras los ojos se le llenaban de sueño, porque eso era lo que ella hacía cuando se estaba quedando dormida. No me imagino lo que pasaba por la mente en el momento en el que una persona decide matarse.
Su hermano no lloró. No sé cual habrá sido su reacción ante la muerte de su hermana pero, al menos en mi presencia, no lo vi llorar. Sus padres lloraron mucho. No sé qué tan real habrá sido su dolor.
No fui a velar a Mónica. Le tengo fobia a los funerales. Por lo que tengo entendido, no mucha gente fue. El único cariño constante en la vida de Mónica fue su hermano.

Esta historia no tiene moraleja. No hay nada que aprender de la corta vida de Mónica. Nada de lo arriba narrado repercutirá en la vida de quienes lo lean, como no lo hizo en las vidas de quienes la conocimos. Lo único que se puede deducir de ésto es que la vida es caótica y azarosa. El universo es injusto y no existe el equilibrio. Hay cosas terribles que le ocurren a personas buenas y hay gente -en el más generoso sentido de la palabra- horrorosa cuyas nefastas acciones jamás son ajusticiadas. No nos queda, a los que quedamos, más opción que esperar lo mejor, preparándonos para lo peor y sabiendo que nuestra esperanza bien puede ser en vano.

Apolítico.

Vivo en un país pleno de problemas. La violencia impera, y los grupos de mafias se disputan los territorios como animales. La población está atrapada en los explosivos conflictos que estallan  entre estos grupos y a veces incluyen hasta a nuestras risibles fuerzas de seguridad pública.

Risibles, en el mal sentido de la palabra.
Risibles, en el mal sentido de la palabra.

Por otro lado, mi país está asediado por políticos corruptos. Esta es una aseveración muy general, muy vaga, muy fácil de decir y muy difícil de explicar. Permítanme elaborar…

En mi país, como en muchos otros, tenemos partidos políticos, entidades extrañas y siniestras que se disputan el poder político sobre el territorio y su gente. Al igual que en otras naciones, estos partidos urden y ejecutan maquinaciones, tratos y alianzas que nos pasan desapercibidos a la mayor parte de la población. Un partido en específico simbolizó para mí, aún siendo principalmente apolítico, todo lo que era turbio e inquietante respecto a la política nacional. Tras haber dominado el marco político del país por setenta años, viendo su reinado en riesgo, las fuerzas ocultas tras este partido pusieron en marcha sus más desesperados y violentos intentos por aferrarse al poder.

Pese a todo lo que escribí arriba, me considero apolítico. No tengo un partido preferido. Siempre he votado por la persona que he considerado la mejor (o menos peor) de las opciones presentadas, o por la persona que pienso que tiene las mejores ideas o propuestas. Temo el uso de palabras como “apolítico”. Las personas de mi generación (y periféricas) hace uso de ellas para camuflar o justificar su apatía. Y yo desprecio la apatía, casi tanto como desprecio la deshonestidad. Mi mayor pecado es la pasión.

Dejemos de decir que somos “apolíticos”. Dejemos de fingir que nuestra falta de interés es por evitar mezclarnos con los nefastos políticos que plagan nuestro país. Aceptemos que el primer problema que nos asola no son los narcos, ni los secuestradores, ni los políticos, ni la corrupción, ni la impunidad, ni el fraude electoral…

… ni el terrorífico y extrañísimo caso del voto de ultratumba…

El primer problema que tenemos que solucionar, como país y como individuos, es el de nuestra propia apatía.

La Gente.

“Despierten, pendejos!”

El Loco exclamó, lleno de enojo, su irritado reclamo. La Gente buscó con desinterés a la fuente del grito.
“Quién habló?” preguntó, con los ojos cerrados, “Quién ha roto el silencio?”
El Loco se identificó ante su enemigo con un sencillo “yo”.
“Ah”, la apatía en la respuesta de la Gente sonó como un bostezo descomunal al reconocer a su adversario, “Tú.”
El Loco confrontó a la gente,  mirando a los ojos entreabiertos de un joven que  estaba frente a él.
“Y qué quieres, Loco?”, preguntó la Gente, “Qué buscas en aquellos que solo son cuando son muchos? Has venido a pregonar la soberanía de la soledad y la sabiduría de la pobreza? Has venido a liberar a estas personas de las cómodas cadenas de lo familiar? Para llevarlos a padecer la sed y el hambre que llamas iluminación?”
El Loco se quedó callado, sin saber que responder. Su locura le era insuficiente para combatir los argumentos interminables e interminablemente sonoros de la Gente. Ésta última rió, y su risa fue un codo que se clavo en las costillas del Loco.
“Quién eres tú”, prosiguió la Gente, “para salvar a nadie? Nada tienes y nada eres. Tu sola posesión es la soledad y toda tu identidad es tu locura.”
“Pues sí”, admitió el Loco, “pero ello no me limita, sino que me libera. Nada tengo porque nada me ata. Nada soy porque nada me posee. No ofrezco ni busco iluminación ni sabiduría; pregono la libertad y la desposesión.”
De esa manera siguieron largo rato, el Loco y la Gente. Un hombre, hastiado de ver la discusión, decidió irse a su casa, porque la hora era tardía y tenía cosas que hacer. Comenzó a retirarse.
El vecino del hombre, que también estaba presente en el debate, tomó a aquel por el hombro y le preguntó, “A dónde vas? No piensas ayudarnos a silenciar al disidente?”
El hombre miró a su vecino y se soltó de su mano, diciendo, “Aquel puede decir lo que quiera. No importa, porque está loco.”, y, con eso, se marchó a su casa.
La Gente lo miró alejarse a través de los ojos de su vecino y a través de la boca del mismo, habló, “Mirad al cobarde. Mirad al desertor. Después de la seguridad que en nuestra anonimidad halló, flaquea al dar la cara al Loco. Tras el valor que nuestros números le infundieron, teme rebatir a nuestro enemigo.”
Pero cuando el vecino del hombre lo pensó bien, cayó en cuenta de que él tampoco quería hacerle frente al Loco. Y por ello, optó también por retirarse, diciendo que tenía otra cosas que hacer.
Gradualmente, más hombres y mujeres descubrieron que tampoco querían enfrentar al Loco y comenzaron a alejarse, solos o en grupos, porque todos tenían otras cosas que hacer.
Fue así como el Loco se quedó solo con la Gente.
“Ya lo ves?”, habló la Gente, “Los que querrías llamar tus discípulos te han abandonado. Poco interés tienen en saber, aquellos que se conforman con lo sabido.”
Y lentamente, conforme más personas abandonaban el lugar, la Gente fue dejando solo al Loco, hasta que éste quedó solo, hablando consigo mismo. Él tenía aún mucho que decir, pero no había nadie con quien discutirlo.
La discusión había terminado.
El silencio daba la victoria al Loco.
El Loco maldijo sonoramente y se marchó.

pero no le hagan caso. está loco.

Discordia.

Discordiam mundi imperaUn desacuerdo no es una discusión. Una discusión no es una pelea. La diferencia puede ser evidente o sutil, dependiendo del volumen o intensidad del conflicto, pero es importante no dejarlo escalar. Cuando dos personas (o, para elevar el nivel de dificultad, grupos) no pueden llegar a un acuerdo común sobre un asunto, la civilidad debe regir cada palabra, acción y gesto que arguya la postura de cualquier lado. No escribo esto por ser una autoridad en el correcto manejo del debate, ni por ser la persona mas gentil o con más correcta dicción. Soy malhumorado y me indigna que me contradigan. Pero reconozco la diferencia de gravedad de entre los tipos de desacuerdos. Al discutir, lo que es prácticamente mi pasatiempo favorito, debemos procurar tener en cuenta la importancia del tema en cuestión. Se debe hacer lo posible por no molestarnos cuando la opinión de nuestro interlocutor no coincida con la nuestra, en especial cuando el tema sea relativamente nimio (aunque ningún tema jamás lo es).
Hace poco tuve una discusión sobre la moralidad del aborto. Las opiniones de las partes involucradas fueron tan variadas como apasionadas. La conversación se volvió acalorada y terminó en pelea. Escaló. Las sensibilidades de los participantes y la naturaleza delicada del tema abrumó los humores.
Hay (habemos) personas carentes de la habilidad de entablar una discusión sin dejar que nuestros sentimientos entorpezcan nuestras opiniones, incapaces de separar una diferencia de opinión de un ataque personal. Hay una diferencia entre una opinión apasionada, una discusión acalorada y llegar a un verdadero conflicto, a una pelea, por diferir en cuanto a un tema. La mera aparición del mal humor me parecería exagerada.
Mi causa favorita es la armonía. No hay conversación que valga la pena tenerse si debe tenerse sobre gritos y sombrerazos. Y ninguna fructifica cuando las partes involucradas prefieren defenderse de ataques arróneamente percibidos que de argumenos bien perpetrados.

El Idiota.

le idiot like a bossAntes de que el mundo acabara con él, el Idiota solía ser un idealista apasionado. Sus creencias eran simples, con líneas claras que separaban el bien del mal. Amaba a su prójimo y se afanaba en que éste hallara formas de mejorarse. Amaba y escribía canciones. Disuadía al suicida y animaba al decaído. Y durante un tiempo, todo eso estuvo bien.
Crecer fue muy difícil para el Idiota. No en el sentido de que, de haberle preguntado, él se hubiera quejado de su hogar, su entorno o sus vecinos. Tampoco por haber recibido abusos o tormentos, físicos, emocionales o de otro tipo. No, la dificultad para él siempre fue de un tipo más autoinflingido.
El Idiota temía al cambio. Podía lidiar con el tipo lento y gradual, pero la transformación pronta y no anunciada siempre le parecía traumática. Su primera vez para cualquier cosa siempre fue intempestiva. Y la culminación de todo asunto en su vida le resultaba invariablemente catastrófica.
Imperceptiblemente, todos estos cambios causaron en él uno mayor. Comenzó a ver las cosas de una forma distinta. No porque las cosas fueran diferentes, desde luego. El que había cambiado era él. Ante sus ojos aparecieron, en un infinito y sobrecogedor espectro, los tonos de gris.
Durante algún tiempo, se encolerizaba consigo mismo. “Porque a los tibios”, decía el Idiota, “los vomitaré de mi boca”. Pero jamás logró dar marcha atrás. Por mucho que temiera o aborreciera al cambio, no podía rehusarlo.
Ahora veía la inevitabilidad del cambio de las estaciones. El bien mayor logrado con la muerte de un hombre bueno, logró justificarlo. La rotunda insignificancia de una amistad perdida, de un corazón roto o de una confianza traicionada se volvió evidente en el enorme esquema cósmico y el Loco dejó de flagelarse por cosas que en otro tiempo le hubiera hecho clamar por sangre.
Aún hoy, el Idiota quisiera –y, en veces, sigue teniendo– pasión en su vida. Posiblemente, sea una necesidad. Pero la falta de ella, él ya no la percibe como un mal insoportable. Para él es solo un leve efecto secundario de otra cosa. El Idiota de antaño –el idealista, el apasionado– ha muerto de vergüenza.

… cay de mun…

váyanse haciendo a la idea de ver muchas loqueras similares a esta.

Santos y buenos días.
Bienvenidos a este, mi primer intento en escribir un blog desde el siglo pasado. Me gustaría poder irles dando un avance, decirles de qué se va a tratar y qué pueden esperar de este proyecto. Tristemente, la planeación no es lo mío. Iré publicando lo que me venga a la mente; iré escribiendo según me inspire. La temática variará, porque quiero abarcar de todo.
No sé si presentarme. Soy pésimo para hacerlo y seguramente quien lea esto ya sabe lo suficiente de mí. En cualquier caso, prefiero que mis publicaciones futuras hablen de mí; que mis preferencias se reflejen en mis opiniones. Hablar de uno mismo es un inevitable alto de modestia o egolatría y prefiero empezar evitando ese tipo de conflictos. Ya mi megalomanía se irá haciendo aparente en un futuro.
Sin más por el momento, los dejo.  Los invitaría a comentar, pero no hay mucho que decir de una bienvenida y no estoy seguro que la sección de comentarios funcione. En todo caso, gracias por leer.