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Apolítico.

Vivo en un país pleno de problemas. La violencia impera, y los grupos de mafias se disputan los territorios como animales. La población está atrapada en los explosivos conflictos que estallan  entre estos grupos y a veces incluyen hasta a nuestras risibles fuerzas de seguridad pública.

Risibles, en el mal sentido de la palabra.
Risibles, en el mal sentido de la palabra.

Por otro lado, mi país está asediado por políticos corruptos. Esta es una aseveración muy general, muy vaga, muy fácil de decir y muy difícil de explicar. Permítanme elaborar…

En mi país, como en muchos otros, tenemos partidos políticos, entidades extrañas y siniestras que se disputan el poder político sobre el territorio y su gente. Al igual que en otras naciones, estos partidos urden y ejecutan maquinaciones, tratos y alianzas que nos pasan desapercibidos a la mayor parte de la población. Un partido en específico simbolizó para mí, aún siendo principalmente apolítico, todo lo que era turbio e inquietante respecto a la política nacional. Tras haber dominado el marco político del país por setenta años, viendo su reinado en riesgo, las fuerzas ocultas tras este partido pusieron en marcha sus más desesperados y violentos intentos por aferrarse al poder.

Pese a todo lo que escribí arriba, me considero apolítico. No tengo un partido preferido. Siempre he votado por la persona que he considerado la mejor (o menos peor) de las opciones presentadas, o por la persona que pienso que tiene las mejores ideas o propuestas. Temo el uso de palabras como “apolítico”. Las personas de mi generación (y periféricas) hace uso de ellas para camuflar o justificar su apatía. Y yo desprecio la apatía, casi tanto como desprecio la deshonestidad. Mi mayor pecado es la pasión.

Dejemos de decir que somos “apolíticos”. Dejemos de fingir que nuestra falta de interés es por evitar mezclarnos con los nefastos políticos que plagan nuestro país. Aceptemos que el primer problema que nos asola no son los narcos, ni los secuestradores, ni los políticos, ni la corrupción, ni la impunidad, ni el fraude electoral…

… ni el terrorífico y extrañísimo caso del voto de ultratumba…

El primer problema que tenemos que solucionar, como país y como individuos, es el de nuestra propia apatía.

La Gente.

“Despierten, pendejos!”

El Loco exclamó, lleno de enojo, su irritado reclamo. La Gente buscó con desinterés a la fuente del grito.
“Quién habló?” preguntó, con los ojos cerrados, “Quién ha roto el silencio?”
El Loco se identificó ante su enemigo con un sencillo “yo”.
“Ah”, la apatía en la respuesta de la Gente sonó como un bostezo descomunal al reconocer a su adversario, “Tú.”
El Loco confrontó a la gente,  mirando a los ojos entreabiertos de un joven que  estaba frente a él.
“Y qué quieres, Loco?”, preguntó la Gente, “Qué buscas en aquellos que solo son cuando son muchos? Has venido a pregonar la soberanía de la soledad y la sabiduría de la pobreza? Has venido a liberar a estas personas de las cómodas cadenas de lo familiar? Para llevarlos a padecer la sed y el hambre que llamas iluminación?”
El Loco se quedó callado, sin saber que responder. Su locura le era insuficiente para combatir los argumentos interminables e interminablemente sonoros de la Gente. Ésta última rió, y su risa fue un codo que se clavo en las costillas del Loco.
“Quién eres tú”, prosiguió la Gente, “para salvar a nadie? Nada tienes y nada eres. Tu sola posesión es la soledad y toda tu identidad es tu locura.”
“Pues sí”, admitió el Loco, “pero ello no me limita, sino que me libera. Nada tengo porque nada me ata. Nada soy porque nada me posee. No ofrezco ni busco iluminación ni sabiduría; pregono la libertad y la desposesión.”
De esa manera siguieron largo rato, el Loco y la Gente. Un hombre, hastiado de ver la discusión, decidió irse a su casa, porque la hora era tardía y tenía cosas que hacer. Comenzó a retirarse.
El vecino del hombre, que también estaba presente en el debate, tomó a aquel por el hombro y le preguntó, “A dónde vas? No piensas ayudarnos a silenciar al disidente?”
El hombre miró a su vecino y se soltó de su mano, diciendo, “Aquel puede decir lo que quiera. No importa, porque está loco.”, y, con eso, se marchó a su casa.
La Gente lo miró alejarse a través de los ojos de su vecino y a través de la boca del mismo, habló, “Mirad al cobarde. Mirad al desertor. Después de la seguridad que en nuestra anonimidad halló, flaquea al dar la cara al Loco. Tras el valor que nuestros números le infundieron, teme rebatir a nuestro enemigo.”
Pero cuando el vecino del hombre lo pensó bien, cayó en cuenta de que él tampoco quería hacerle frente al Loco. Y por ello, optó también por retirarse, diciendo que tenía otra cosas que hacer.
Gradualmente, más hombres y mujeres descubrieron que tampoco querían enfrentar al Loco y comenzaron a alejarse, solos o en grupos, porque todos tenían otras cosas que hacer.
Fue así como el Loco se quedó solo con la Gente.
“Ya lo ves?”, habló la Gente, “Los que querrías llamar tus discípulos te han abandonado. Poco interés tienen en saber, aquellos que se conforman con lo sabido.”
Y lentamente, conforme más personas abandonaban el lugar, la Gente fue dejando solo al Loco, hasta que éste quedó solo, hablando consigo mismo. Él tenía aún mucho que decir, pero no había nadie con quien discutirlo.
La discusión había terminado.
El silencio daba la victoria al Loco.
El Loco maldijo sonoramente y se marchó.

pero no le hagan caso. está loco.